El libro de Arena de Jorge Luis Borges

Por qué leí a Jorge Luis Borges

¿Qué hace un lector que trabaja en una feria de libros mientras no le toca atender? Lee, sin dudas. Pero si además esa labor es en el stand de la Fundación Borges, la oportunidad es doble. Por lo menos así lo vivió Dylan.


Durante nueve largos años trabajé en la Feria del Libro de Buenos Aires. Cualquier amante de la literatura se sentiría extasiado ante una oportunidad semejante, y yo mismo era pura ilusión aquel primer día en el que con profunda timidez me acerqué al stand de la Fundación Borges. Amanda -quien fuera cercana al máximo exponente de nuestras letras y también responsable de algunas de sus mejores fotos- me recibió con calidez y complicidad y tras la primera taza de café ya comencé a sentirla mi amiga.

Mis tareas parecían en principio sencillas: orientar al visitante curioso, promocionar un concurso de poesía infantil y, ocasionalmente, unir a un libro determinado con el lector que lo estuviera esperando. Sin embargo, la realidad terminó golpeándome con la contundencia de lo inevitable.

El pabellón azul siempre ha sido el menos popular de la Feria. Editoriales pequeñas, librerías céntricas y diversas comunidades rodeaban mi ínfima parcela de soledad. Un Borges de cartón, acompañado por una de sus frases notables, daba la bienvenida a los escasos asistentes. Alternando entre el tedio y la desazón, la única opción que me quedaba era leer. Y, dadas las circunstancias, decidí leer a Borges.

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Jorge Luis Borges

Mi primer acercamiento con Borges tuvo lugar en la adolescencia y se vio frustrado por las lógicas limitaciones de la edad. Disfruté en el colegio de aquel contrapunto maravilloso que es La Casa de Asterión, pero no supe encontrar el atractivo de sus relatos más conocidos ni mucho menos de sus interpretaciones históricas, bíblicas y metafísicas. Cómodo en mis prejuicios, por unos años elegí mantenerme del lado de Cortázar y de Arlt. Pero Borges, tal como el tango, me estaba esperando.

Durante mi primera jornada en soledad leí El Libro de Arena y El Informe de Brodie y, con sorpresa, comprobé que la mayoría de los relatos eran lineales, ideales para un lector inexperto. Tras aquella experiencia positiva, los días sucesivos mantuve el mismo ritual, eligiendo dos obras de forma aleatoria y adentrándome en ellas de forma obsesiva. Mis momentos de lectura se veían interrumpidos, muy cada tanto, por asistentes perdidos que me preguntaban cómo llegar a determinada sala de conferencias o, en su gran mayoría, al baño.

Después de un par de días, ya había memorizado los caminos más recomendables para evitar los amontonamientos, dónde conseguir el mejor café e incluso la ubicación de esos pequeños stands que uno muchas veces ni siquiera sabe que existen. Cuando alguien se acercaba a mi ubicación a hacer alguna consulta, solía ser yo quien intentaba por todos los medios prolongar la conversación; la gente mayor siempre tenía alguna historia relativa a Borges para contar con orgullo cómplice.

A lo largo de las tres semanas de mi primer año en la Feria conseguí repasar toda la obra en prosa de Borges, también algunos de sus poemas. Los años siguientes hice lo propio con sus ensayos, sus prólogos, sus críticas y todo el material que estuviera disponible en el stand. Mis lecturas se complementaban con los comentarios de Amanda, quien no sólo me orientaba con maestría sino que además me relataba anécdotas vividas junto al autor, incluso una que prometí no reproducir jamás. Cuando ya no hubo libro por leer, me propuse memorizar algunos párrafos que me habían resultado particularmente logrados. Al día de hoy, aún recuerdo el soneto “La Suma”, incluido en Los Conjurados. En el preciso instante de la muerte descubre que esa vasta algarabía de líneas es la imagen de su cara…

Con el correr de los años, mi presencia en el stand de la Fundación Borges fue perdiendo la fascinación del comienzo. La repetición de una actividad lleva indefectiblemente al hastío. Ya cerca de mi despedida, nuestro espacio fue compartido con una asociación de ajedrecistas. Recuerdo con especial cariño a Raúl, un hombre de más de 90 años que me derrotó en todas y cada una de las más de 20 partidas que jugamos.

En el 2019 decidí volver a la Feria, aunque esta vez en condición de invitado. Instintivamente me dirigí hacia el pabellón azul, buscando evocar aquel tiempo pasado y, tal vez, saludar algún rostro que me resultara familiar. Sentí nostalgia al descubrir que la Fundación ya no formaba parte del evento. En un interesante giro del destino, constaté que tal como repitiera incansablemente Borges, los únicos paraísos que existen son los paraísos perdidos.

Dylan

Dylan

Lector precoz, escritor tardío. Procrastinador compulsivo. Caminante, buscador, tomador de café, aprendiz.
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