El Principito

Por qué leí El Principito

Dylan nos convoca a la aventura de leer por primera vez el clásico publicado en 1943 por el autor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry: El Principito.


Decidí viajar a Rosario sin ninguna razón particular, buscando quizás combatir el tedio cotidiano con una modesta aventura rutera. Antes de partir, en ese lugar sin tiempo que es la Terminal de Retiro, compré un diario deportivo y una edición de bolsillo de El Principito. Lo elegí casi sin pensar, interpelado por la rubia mirada acartonada de la ilustración de su tapa. Se trataba de un libro pequeño, liviano, ideal para un viajero que intentaba cargar el menor peso posible en su mochila.

Llegué a la literatura más tarde de lo que hubiese deseado. En consecuencia, mis primeros años junto a los libros fueron caóticos, anárquicos, compulsivos. Quería leer absolutamente todo: lo nuevo y lo clásico, lo argentino y lo foráneo. Quería, de alguna forma, recuperar el tiempo perdido. Promediando entre ocho y diez libros mensuales, el disfrute solía quedar relegado a un segundo plano. Entre aquellas lecturas iniciáticas, El Principito pasó por mis manos sin pena ni gloria. Tenía alrededor de 20 años, era demasiado viejo para leerlo con inocencia y demasiado joven para entender todo lo que se escondía detrás de su aparente simpleza. Fue necesario alejarme de mi comodidad porteña para reencontrarme, más de una década después, con la maravillosa creación de Antoine de Saint-Exupéry

Al llegar a destino cumplí con varios de mis rituales: un café en El Cairo, una caminata por la peatonal, una fugaz recorrida por las librerías del centro. Rosario es una ciudad magnética, que conjuga como ninguna otra la cordialidad propia de los pueblos con el desarrollo de los grandes centros urbanos. La gente es amable, las calles irradian un sentimiento de nostalgia dosificada.

Mi alojamiento era un hostel bastante venido a menos que, para mi fortuna, tenía un pequeño patio. Allí, cené una bolsa de papas fritas tristemente húmedas y media botella de vino. Cansado y solo, y pese a la ausencia casi absoluta de luz, comencé la postergada relectura de El Principito. Borges sugirió más de una vez que son los libros quienes nos eligen a nosotros. Mi momento había llegado.

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Fuente imagen: Saint-Exupéry y Marcel Peyrouton (de sombrero). Túnez, 1935

La dedicatoria me golpeó con la contundencia de su candidez: un autor que se excusa por la adultez de su amigo, dando a entender de forma tácita que el paso del tiempo anula nuestra sana ingenuidad, nuestra pureza, nuestra capacidad de sentir. Contradiciendo mis prejuicios, El Principito dejó en claro desde el comienzo que no era un libro infantil -no uno tradicional- pero fundamentalmente me recordó que, al menos en sus páginas, yo también podía volver a ser un niño.

Ensimismado y conmovido, noté que un nutrido grupo de portugueses había ocupado una mesa cercana. Ellos, con cannábica sorpresa, contemplaban con disimulo aquel cuadro atípico: un hombre calvo de aproximadamente 35 años, leyendo El Principito en la oscuridad, acompañado por una botella de vino tinto. El volumen de su conversación era bajo, quise considerarlo un acto de empatía cómplice.

Yo no estaba dispuesto a dejar que la oscuridad me venciera, literal y metafóricamente.

Esforzando la vista, fui cruzándome una a una con todas esas máximas que hoy adornan cuadros, remeras e imanes de heladera. Y también con otras tantas que aún al día de hoy conservo como propias. Con el correr de las páginas, entendí que El Principito era mucho más que un libro: era una evocación a la infancia, un manual de autoayuda, una guía para la vida. El Principito era puro, también un poco cruel. Sospeché que, de alguna forma misteriosa, había sido él y no el café de El Cairo quien quiso que viajara a Rosario.

La lectura me demandó alrededor de una hora. Al levantar la mirada y volver a esa otra realidad, comprobé que la mayoría de los portugueses ya se había retirado. Fumé un último cigarrillo intentando procesar lo que había leído. Recuerdo haber tomado nota de algunas frases que me parecieron particularmente admirables con el fin de no olvidarlas, aunque sí olvidé dónde quedó aquel cuaderno.

Ya en Buenos Aires, deposité al Principito en el estante superior de una de mis bibliotecas, en la que atesoro aquellos textos a los que sé que volveré en algún momento. Escondido entre Arlt, Kerouac y Dostoievski, desde lejos parece sólo un libro más. No caigamos en la trampa. Ese libro es mi amigo, y sólo por eso, es único en el mundo.

Dylan

Dylan

Lector precoz, escritor tardío. Procrastinador compulsivo. Caminante, buscador, tomador de café, aprendiz.
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