La narradora de este cuento de Orpheé estima a su perro Enrique como si fuera un hijo, hasta que una circunstancia inesperada la distrae de sus propios sentimientos.
Vivir con un animal es hacerlo parte de la familia. Pero, ¿alcanza con saber que se quiere a alguien, sea mascota, humano, uno mismo? ¿O la demostración de ese amor es parte necesaria? La narradora de este cuento estima a su perro Enrique como si fuera un hijo, hasta que una circunstancia inesperada la distrae de sus propios sentimientos.
La simbología del cuento representada en una mirada que no puede ver estructura la historia que integra la antología Las viejas fantasiosas (Emecé, 1981).
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La ilustración de este episodio es de Federico Raiman.


