Advertencia: este no será un libro cualquiera ni una experiencia más. Quienes se atrevan a pasar la página 1 de “Matilde debe morir” de Cristian Acevedo (Editorial Bärenhaus , 2016) quedarán sumidos en una trampa: se transformarán en protagonistas y, quién sabe, en seres perversos.
Estamos en un bar. Un hombre lee el diario, el mozo repasa las mesas, una mujer escribe y lee a mínima voz su obra mientras come medialunas. ¿Por qué la tercera persona del plural entonces? ¿Quién(es) somos nosotros? Si pasamos las primeras líneas de esta historia nos convertimos en el Insulso de la mesa 4, hemos sido transportados a la escena, transferidos a la historia: ya nada podremos hacer.
Entonces, transcurre la novela. A medida que avanzamos, empezamos a recibir información del narrador, algo va a pasar y es el asesinato de Matilde, la chica que escribe y se lee. Su muerte será un hecho y nosotros sabemos que ocurrirá afuera de este bar de Palermo. ¿Cómo? ¿Cuándo? No desesperemos que esta información también se nos será proporcionada.
Algo muy original ocurre con «Matilde debe morir». La utilización de la segunda persona del singular para redactar los hechos en modo imperativo (alguien nos señala, alguien nos obliga a actuar de determinada manera: «‘Ya llegó’, dirá usted»), provoca la sumersión en la historia y la visualización de las escenas desde los ojos del personaje y no como lectores omnipresentes.
Cristian Acevedo nos irá guiando página a página logrando el efecto atrapante de una buena historia aunque al mismo tiempo nos demandará salir de ella y mirarla desde lejos. Acá, el ejercicio del autor es tan exigido como el del lector: no seremos pasivos, no podremos. A menos que cerremos el libro y vayamos a otro… por cobardía, por desconcierto.
A pesar de que por momentos puede pecar de redundante, esta novela es un #LibroSúperRecomendable para proponerse leer algo distinto y transversal, que cortará nuestra costumbre y nos resultará tan molesta como atractiva.


